TEMPUS FUGIT

Inocentemente creí que mi pipa y el sonido del mar serían suficientes para no recordar. Por mucho tiempo me refugié en el olvido, pensando que de verdad estaría a salvo. No puedo negar que, al principio, funcionó: el tiempo parecía haberse detenido. No había futuro ni pasado, solo una fotografía constante de un instante que se repetía infinitamente. El sonido del viento rozando el agua, el graznido de las gaviotas, el aroma del tabaco… solo éramos mi pipa y yo.

 

Me sorprende cuán inadvertidos resultan ciertos catalizadores que, en un abrir y cerrar de ojos, pueden romper ese letargo y desatar todo lo que uno creía enterrado.

Abstraído, como siempre, pescaba en el pequeño cuadrado en el centro de la habitación cuando —por un simple estornudo— mi pipa cayó al agua. Traté de divisarla, pero la turbiedad me lo impedía.

 

Como cada miércoles, llegó el barco bazar. Probé sin éxito con varias pipas, pero ninguna me satisfizo. Casi perdía la esperanza, hasta que, oculta tras un sinfín de objetos, apareció una antigua escafandra.

Revisé las mangueras y bajé por el cuadrado. Esforzando la vista, escudriñé cada centímetro de esa habitación sumergida. Tras unos segundos, la turbiedad comenzó a disiparse, revelando algunos muebles dispersos, pero ni rastro de la pipa. En el piso, un nuevo cuadrado se abría, insinuando el acceso a un nivel más profundo.

 

Descendí. Lo mismo que en la zona anterior: muebles abandonados, sombras que parecían susurrar mi nombre. Pero en un rincón vi una cama y me detuve en seco, como paralizado por una descarga eléctrica. Allí, entre las sombras, se fue mi viejita.

Poco a poco, una cohorte de imágenes comenzó a asediarme. El color gris de mi realidad se llenó de matices. Había olvidado, pero existía un mundo más allá de este instante. Miles de fotografías irrumpieron en mi mente como un torrente, transformándose en recuerdos nítidos: la película de una vida. Entusiasmado y tembloroso, seguí descendiendo, cuadrado tras cuadrado, nivel tras nivel, cada vez más vastos, más colmados de ecos.

 

Una angustia densa llenó mi pecho. Había empezado a recordar. Todo lo que perdí regresaba con una fuerza brutal, como una bofetada. La pipa ya no importaba. Con una mezcla de miedo y masoquismo, me esforcé por alcanzar el origen, el primer nivel. No había más cuadrados que cruzar. Salí por una puerta a un hermoso vecindario. Caminé entre la gente, con lágrimas en los ojos, avanzando sin detenerme hasta llegar a una pequeña colina desde donde se divisaba todo el pueblo. Un frondoso manzano se erguía como testigo. Allí comenzó todo: donde la conocí y donde me enamoré, el principio de una vida que ya se había ido.

 

Durante tanto tiempo intenté esconderme en el olvido. Pero a pesar del tiempo transcurrido, la herida de la pérdida seguía abierta. Regresé a la realidad cansado, sin fuerzas ni voluntad para seguir luchando ni para volver a olvidar.

 

Esa noche, en la cena, recuperé la esperanza. Serví dos copas de vino; ya faltaba poco para volver a reunirnos. Bebí de un sorbo todo el contenido de mi copa y esperé que el veneno cumpliera su cometido.

Por un instante, el sonido del mar regresó a mis oídos, y me pareció que los cuadrados se superponían, uno sobre otro, como piezas de un tablero infinito. Entendí que no había final, sino otro escenario aguardando.

Cerré los ojos. Sonreí, mientras el mundo a mi alrededor se desvanecía una vez más.

 

“¿De qué sirve tanto esfuerzo por recordar si, al final, la única verdad que importa es la que se escapa entre los dedos? El pobre Marticorena lo entenderá… en el siguiente acto.”

Steparios SpA

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