La Fragilidad de la Democracia en el Siglo XXI
Por Felipe Barra
La democracia no cae de un día para otro: se desgasta lentamente, como una cuerda tensa que cede sin que nadie lo note hasta que es demasiado tarde. Lo inquietante es que este desgaste está ocurriendo aquí y ahora, incluso en sociedades hiperconectadas, educadas y con acceso a información.
¿Por qué un discurso tan primitivo, autoritario y simplificado vuelve a seducir a las masas en pleno siglo XXI?
1. La democracia depende de la vida cotidiana
La gente no defiende la democracia por idealismo, sino porque siente que le sirve.
Cuando la vida se llena de inseguridad, desigualdad, corrupción o servicios colapsados, la democracia deja de parecer una solución y se vuelve un estorbo lento.
“Mi vida está en crisis, y la democracia no me ayuda”: ese es el verdadero quiebre.
2. El miedo supera a los argumentos
La democracia exige diálogo y matices; el autoritarismo solo exige obediencia.
Cuando un país está cansado y angustiado, la gente no busca ideas complejas: busca alivio emocional. Y el discurso duro siempre llega más rápido que la conversación democrática.
3. La simplicidad es psicológicamente irresistible
En sociedades polarizadas, la complejidad se vuelve sospechosa.
Discursos como “ellos son el problema” o “todo era mejor antes” funcionan porque reducen el caos a una frase. Son placebos en tiempos de angustia colectiva.
4. Las redes premiaron el ruido
La democracia fue diseñada para un mundo lento, deliberativo.
Pero hoy los mensajes viscerales, duros y simplificados son los que se viralizan.
Lo emocional derrotó a lo racional.
5. Lo que falla no es la democracia: son las alternativas
Los líderes autoritarios no ganan por su excelencia, sino porque el resto se ve débil.
Cuando la ciudadanía siente que la izquierda no responde, la derecha no convence, el centro no existe y las instituciones no resuelven, surge la frase que abre la puerta al autoritarismo:
“Probemos con este otro.”
La lección incómoda
El peligro real no está en el líder fuerte, sino en la sensación de abandono que lo legitima.
Las democracias no mueren por falta de votos, sino por falta de sentido.
Y mientras no reconstruyamos ese sentido común —esa confianza mínima en que la vida puede mejorar dentro de un sistema democrático— las sociedades seguirán cediendo a discursos primitivos que prometen orden rápido.
Porque cuando hay miedo, la gente no busca libertad.
Busca alivio.
Y quien promete ese alivio, aunque sea con palabras antiguas o peligrosas, siempre encontrará oídos dispuestos a escucharlo.
